Editorial Alrevés

La palabra Alrevés, así, mal escrita, no es más que la homologación de un recelo: el de que, probablemente, no todo lo que se dice con solemnidad sea del todo cierto. Cuando no son tan vibrantes ni pretenciosas, las palabras nos recuerdan que no existe una única manera de expresar lo que queremos decir. Esta humilde discrepancia quiere ser una declaración de guerra a la impunidad que imponen las reglas y la manera de hacer las cosas del derecho, y no del revés. La palabra Alrevés nos recuerda que no existe propiamente una verdad y una mentira, y que cualquier convicción puede ponerse en entredicho en cualquier momento. La palabra Alrevés se refiere a esa verdad sospechosa y sirve para constatar la magia de la vida.

La palabra Alrevés es nuestra locura, esa de lanzarnos al abismo sin pensar en ningún momento en la conveniencia de tener una red por si acaso nos estrellábamos, quizá porque nunca hemos temido la caída. Si acaso hemos tenido miedo, ha sido por pensar que a lo mejor no íbamos a ser capaces —aunque fuese una sola vez— de creer en nosotros. La palabra Alrevés es la que decidimos vender como el vapor que se desvanece a medida que se aleja de nuestras propias palabras, recién pronunciadas, pero que perdura salpicando cada gesto como el agua que alimenta y vivifica la tierra sobre la que más o menos nos sostenemos.

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